miércoles, 6 de junio de 2012

Crecer en tiempos revueltos


Fernando Aramburu
Años lentos
Barcelona: Tusquets, 2012

Eran años lentos los del franquismo. Ya se sabe: tiempo de silencio, años de piedra, veinticinco años de paz -esto último según el régimen. Para el narrador, el tiempo en aquellos años de su infancia parecía durar más, mucho más, que en estos años nuestros, acelerados. Y sobre los recuerdos de infancia de un niño que vivió aquellos años lentos en el San Sebastián de la dictadura ha escrito Fernando Aramburu su última novela. Años lentos es, dejémoslo claro desde el principio, otra maldita novela sobre la memoria histórica. pero, como en el caso de otros autores vascos (pienso en Bernardo Atxaga o Ramiro Pinilla) el centro de interés de Aramburu en esta obra no está tanto en el pasado por sí mismo como en las conexiones y repercusiones del pasado en el presente. Dicho de otro modo: en las conexiones entre la violencia de la dictadura y la violencia etarra, y en la responsabilidad del mundo nacionalista vasco en el germinar de la violencia terrorista que ha ensangrentado la convivencia en tierras vascas durante las últimas décadas.

La forma de la novela merece algún comentario. Se mezclan en ella dos hilos textuales bien diferenciados. Por una parte, los capítulos propiamente dichos, en los que ese narrador adulto relata para un oyente/lector que se identifica con el escritor Aramburu la historia de su infancia en San Sebastián, acogido en casa de sus tíos. Por otra parte, cada uno de estos capítulos viene completado por unos apuntes en los que el autor esboza posibles escenas, lances, modificaciones a los hechos que le cuenta su informante, reflexiona sobre la técnica novelística o sobre la materia que se trae entre manos. En este sentido, la novela -en una línea muy típicamente posmoderna- nos muestra su propio esqueleto, el telar en que se está tejiendo, y se nos da no tanto como una novela acabada sino como un proyecto de novela: de la supuesta conjunción de la narración "verídica" del antiguo niño donostiarra y el trabajo del escritor profesional que queda esbozado en esos apuntes debería salir una novela futura, que no existe, o que solo el lector puede imaginar en su cabeza a partir de las piezas que se le dan.

Lo que nos cuenta la historia principal es básicamente el día a día de una familia de clase media baja en el San Sebastián de los años 60. Aramburu repite el esquema familiar que ya aparecía en algunos de los relatos de Los peces de la amargura (madre dominante - padre apocado - hija respondona que se enfrenta a la madre). Los personajes son, sin duda, lo mejor de la novela, en particular los miembros del matrimonio, tíos del narrador. Dos son las subtramas fundamentales: la del embarazo no deseado de la hija (que da lugar a un relato bastante costumbrista sobre la moral sexual de la época) y la del ingreso del hijo, Julen, en el mundo del nacionalismo vasco y finalmente en ETA. De manera quizá excesivamente simplista, el autor vincula la entrada de muchos jóvenes vascos de la época en la banda terrorista con la influencia de la Iglesia vasca (representada en la novela por don Victoriano, párroco del barrio), aunque no se olvida de culpar también a la violencia del régimen, que produjo la violencia etarra como reacción.

Otra particularidad de la novela -que me parece que a partir de cierto momento comienza a hacer aguas- es la evidente intertextualidad que Aramburu ha utilizado, en el relato principal, el del adulto que recuerda su infancia en la ciudad vasca, con la novela picaresca y, fundamentalmente, con el Lazarillo. Como muestra, basta leer el primer párrafo de la novela:

Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño pasé nueve años con unos parientes míos de San Sebastián. Y fue de esta manera: que mi pobre madre, desamparada por aquel mal hombre que fue su esposo, al cual me niego a nombrar en este escrito, no podía mantenernos ni a mí ni a mis hermanos; buscó ayuda en el pueblo, no la encontró y en consecuencia no tuvo más remedio que darnos a la Casa de Misericordia de Pamplona.
La intertextualidad está presente en el nivel lingüístico (es frecuente el conector y fue de esta manera para introducir segmentos de la narración, de evidente regusto arcaico) y de alguna manera en el narrativo (estas son las vivencias de un niño pobre que acabará saliendo adelante y pudiendo estudiar en la universidad y ser farmacéutico gracias al dinero que, en agradecimiento por su apoyo, su primo le dará; en este sentido, es una novela de aprendizaje al uso). Sin embargo, da la impresión de que a medida que avanza la novela, esta intención paródica se va debilitando, hasta convertirse en un mero adorno que reaparece de vez en cuando, cuando ya casi lo habíamos olvidado. Esta intertextualidad creaba una paradoja -dicho sea a modo puramente descriptivo, no negativo- al poner de manifiesto el carácter literario, artificial, de este relato que por otra parte se nos ofrecía como un testimonio veraz del propio protagonista del relato. Sin embargo, quizá Aramburu ha querido mezclar demasiados elementos en su novela, darle demasiadas dimensiones (testimonio, parodia, metaficción) y no sé hasta qué punto le han quedado bien ensamblados. En cualquier caso, lectura amena y disfrutable.