jueves, 20 de junio de 2013

Contando ovejas en euskera

Itxaro Borda
100% basque
San Sebastián, Meettok, 2012.

¿Cuántas kilocalorías tiene una loncha de identidad vasca? ¿Puede el queso ser un prozac made in Euskal Herria para mujeres abertzales desorientadas? Estas son algunas de las preguntas que podrían rondar la cabeza de la narradora de esta novela de Itxaro Borda, 100% basque -léase a la francesa-, publicada en 2002 en euskera y que el año pasado la editorial donostiarra Meettok recuperó en versión castellana.

Itxaro Borda es una escritora de ese lugar que ella llama Iparralde y que en el telediario llaman el País Vasco francés, años ha para calificarlo de santuario, ahora ya no. Precisamente esa condición de mujer, de vasca y de abertzale, en un contexto como el de los territorios vascos al norte de los Pirineos es el eje sobre el que gira -el título no engaña en este caso- la novela. Si la literatura en euskera, como aseguraba Iban Zaldua en su reciente e interesante ensayo Ese idioma raro y poderoso, se ha caracterizado por un tono elegíaco y muchas veces autocompasivo, respecto a la situación de la lengua y de la identidad vascas, la estrategia de Borda tiene mucho más que ver con el humor, la parodia y lo lúdico. En un territorio como el vasco-francés, en que lo vasco es utilizado hasta la saciedad como reclamo turístico a la vez que se niega, en nombre de los valores de la República Francesa, cualquier posibilidad de oficialidad al euskera o de autonomía política, la construcción de la identidad para un sujeto que se identifica como vasco militante no puede sino ser problemática. Pero lejos del patetismo, la narradora opta por un tono lúdico que, en mi opinión, constituye el mayor acierto de este texto.

El humor, la parodia, son las armas con que la narradora se enfrenta a una sociedad que poco a poco la va desquiciando. No encontraremos en esta novela un hilo argumental definido: dividida en capítulos breves, encabezado cada uno por una cita de un libro de espiritualidad zen -algo de lo que parece muy necesitada la narradora-, cada fragmento nos transmite una anécdota, siempre entre lo cotidiano y lo vagamente onírico, transitando con fluidez entre uno y otro, como también entre la narración y la reflexión bienhumorada. Felipe Juaristi, en su crítica de la novela, ha hablado de Sterne y su Tristram Shandy como parangón de esta novela. En efecto, 100% basque se inscribe en esa tradición de la novela como cajón de sastre de textualidades que a la postre quedan cohesionadas por su adscripción a un yo, el del narrador, del que emanan. Y también, cómo no, Rabelais al fondo. En conexión con esto, la ansiedad de la tradición, por así decirlo, es un rumor que fluye por la novela: la búsqueda de inserción en una universalidad que parece negársele a las literaturas minoritarias, siempre en riesgo de localismo, pero que se les regala a las literaturas de lenguas potentes. No en vano la primera frase de la novela enlaza en tono caricaturesco con el arranque de la Recherche proustiana.

¿Y qué hace esta mujer, esta narradora con la que tan tentados estamos cuando leemos la novela de identificar a la propia Itxaro Borda? Pues trabaja en una oficina en la que se aburre, recorre de noche las carreteras, siguiendo la turística Ruta del Queso, para asistir a reuniones de las que nunca se nos aclara su naturaleza -queda sobreentendido que se trata de reuniones políticas- y cada madrugada se come una loncha de queso antes de ir a la cama para calmar la ansiedad que esta vida le provoca. ¿Y por qué está ansiosa? Quizá vive desquiciada en una sociedad en que lo vasco oscila entre dos prototipos, el del pastor y el del terrorista, y ella, que ha nacido en una familia de pastores y que simpatiza con la política abertzale, no sabe bien cómo huir de estas imágenes. Quizá la única solución, la que ansía mientras conduce medio dormida por las carreteras secundarias, es que baje un extraterrestre y la abduzca. El alien es tal vez el único que la puede salvar de un entorno en que el euskaldun es reducido casi a la categoría de indígena, de buen salvaje sobre el que se discursea y filosofa pero con el que no se cuenta, trampolín para políticos mediocres.

100% basque constituye una reflexión en tono ácido sobre la identidad, en un mundo en que la tensión ya no es solo entre lo local y lo universal sino entre unas imágenes prefabricadas -¿pero cuál no lo es?- de lo local y de lo universal. Las ovejas de plástico que presiden una rotonda en una carretera por la que transita la narradora en uno de los capítulos de la novela quizá no balan, pero ¿quién querría soportar el olor de las ovejas de verdad? Mientras tanto, disfruten de su queso. Y no se preocupen por las trazas de caballo.



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